Imagen tomada de lidiafoto.blogspot.com
Para determinados grupos de la población, la vacuna contra la gripe A dejará de ser en breve un asunto de vana controversia y se convertirá en materia de inminente decisión: vacunarse o no vacunarse, vacunar a los niños o bien dejarlos expuestos al virus y su novedosa cepa.
Habrá que afrontar la determinación habiendo sido advertidos, o acojonados, por insistentes mensajes de alerta contra los presuntos efectos fatales sobre la salud debidos a parte de su composición. Alerta esta acompañada de la insinuación, cuando no la denuncia, de que todo responde a un plan perverso de no se sabe quién o quiénes, en complicidad con las compañías farmacéuticas, para sacar tajada económica de una injustificada alarma, o para lograr la paralización conformista de la sociedad creando un clima de súbito temor generalizado. Se ha llegado más allá: se ha dejado caer en mensajes de enorme difusión el probable plan de exterminio de parte de la población, obra de indeterminados grupos de poder en connivencia con la Organización Mundial de la Salud.
Por supuesto, siempre hay zonas oscuras o confusas de la información acreditada que alientan este tipo de mensajes. Hasta donde sé, nadie ha dado una explicación convincente de las repentinas decenas de muertos que se declararon en México al comienzo de esta epidemia, pues la evolución posterior de la enfermedad no concuerda con ese brote mortal que supuso el inicio del miedo. Por supuesto, también, las previsiones de mortalidad que ha expresado la OMS en relación a otras pandemias han resultado desorbitadas en relación al recuento posterior de contagios y muertes. No es que no haya preguntas que hacerse ni cautelas que tomar.
A pesar de todo, quienes alzan la voz o se suman al clamor contra la alarma injustificada por la gripe, dando por seguros calculadísimos propósitos y planes en la sombra, no harían mal en considerar, por ejemplo, cuántos mails recibieron o lanzaron masivamente sobre los efectos de esta gripe, en muchos casos remitidos por las mismas personas que, en oleada posterior, se han sumado a propagar lo contrario: las acusaciones de que detrás de esto sólo ha habido negocio, estrategia interesada del miedo o cosas aún peores.
La Red -y el correo web en concreto- nos convierte a todos en informadores sin pasar por control ni censura, aumentando si se quiere la libertad de divulgar todo tipo de contenidos. Lo grave es que esa libertad no va acompañada en ocasiones del mínimo rigor o del mínimo ejercicio de prudente contraste. Los hoax son mensajes en cadena cuya intencionalidad es fácilmente presumible cuando carga de forma urgente y sensacional contra firmas y productos comerciales, atribuyéndoles todo tipo de males a partir de argumentos que corresponden a disciplinas especializadas como la biología o la química.
No se piensa, sin embargo, que el bulo informático versa también. y de un modo muy especia, sobre cualquier tema social o político. La mejor o peor propaganda ideológica y doctrinaria llega por medio de diapos o videoclips que se reciben como informaciones asépticas y ciertas, reveladoras de hechos sustanciales, rescatados de toda censura de poder. Para hacerse creíbles, en ocasiones arremeten contra el silencio de las fuentes de información habituales, aunque éstas ya hayan dado cobertura al asunto del que trata el bulo. Y es esto lo que me parece más peligroso, que a lo que llega por estas vías de la Red –anónimamente o de fuente incierta- se le atribuye de inmediato una pureza y autenticidad informativa fuera de toda sospecha y se le presume fruto voluntades desinteresadas a las que no guía sino el afán solidario de dar a conocer una realidad urgente y vital. No creo que muchos de los que reciben y reenvían este tipo de mensajes se paren a pensar cómo esos fraternos y anónimos particulares han podido estar en el ajo de altísimos secretos, cómo los han contrastado y cómo los han podido propagar por medio de muy elaborados productos de filmación o de presentación de texto e imágenes, verdaderos spam doctrinales.
En breve se presentará mi nuevo libro de relatos, Qué haría yo sin la música, publicado por Ediciones Idea. La presentación tendrá lugar en el Ámbito Cultural de El Corte Inglés, en Las Palmas de Gran Canaria, el día 28 de septiembre a las 20 horas.
Presentará la mesa y conducirá el acto la escritora Marisol Llano Azcárate. Comentará el libro el poeta, periodista y académico Manuel Díaz Martínez. El cantautor Said Muti le pondrá el broche musical con un tema de su creación y con algunos otros, compuestos en colaboración por J.C.Catizone y por mí.
Si no resides en Canarias y te interesa bajarlo en formato digital puedes adquirirlo en este enlace Ediciones Idea. Y si eres de por aquí, sería todo un detalle que nos acompañaras en la presentación.

Foto: Aleksandrovich
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La lupa sobre el cuadro
Su tatuaje y el mío no se hablan desde anoche. El de ella prometió que seguiría queriéndolo sobre las arrugas y las manchas de la edad. El mío le confesó que era pintado.

Pues su nueva amante lo merecía, se empeñó en encontrar a las antiguas donde fuera. Quería recuperar para ella las hormonas que fue dilapidando tontamente.
"No es que el Cielo se burle de tu altura insensata, es sólo que tu nombre le produce cosquillas."
Aquel telefonazo en plena noche no anunciaba nada bueno. Las pesadillas, de paseo por la ciudad, querían asegurarse de que estaba en casa.
Me señaló con el dedo y mi boca se hizo un dedal.

Fue el peor malvado que haber pudo. Murió sin confesión ni póstumo responso. Ni Dios lamentó condenarlo al fuego eterno y hasta el mismo Diablo abominó de sus execrables felonías. No le anunciaron piedad ni redención posible rumbo a un Limbo inseguro, pero cuando todo estaba en su contra sin esperar ni agrado ni consuelo, descubrió a su dentista chamuscándose en las llamas.
El chorro de soda lo despidió con fuerza hacia la puerta por no saber decir sifón. Le llegó el limón deshecho y chorreando por no saber decir sifón. Cuatro aceitunitas le impactaron en los ojos por no saber decir sifón. Sus anchoas naufragaron en una marejada de vermut porque no sabía decir sifón sino tifón.
Me señaló con el dedo y fui botón de encendido.
Me señaló con el dedo y me volví pantalla digital.
Me señaló con el dedo y se convirtió en mando a distancia.
Me señaló con el dedo y mi cara fue huella dactilar.
Me señaló con el dedo y traspasó a mi Ángel de la Guarda.
Me señaló con el dedo y mi pecho se convirtió en una diana.

Interior con mujer al piano. Vilhem Hammershoi
El afinador de pianos encontró en el mecanismo interno del instrumento el diario de doña Sole y, en vez de devolvérselo a su dueña, lo ocultó en su caja de herramientas. La curiosidad lo impulsó a leerlo aquella misma tarde. En las páginas estaban fechadas y comentadas cada una de las visitas que allí había hecho él, con el detalle de sus cambios de aspecto sucesivos, sus pequeños retrasos cuando se produjeron y las fórmulas de saludo y despedida que no recordaba haber ido alterando. En total, eran ya nueve años desde que había empezado a afinar aquel piano y en el diario se volvía a ver a sí mismo con el bigote que un día suprimió, con la coleta que dejó de hacerse o con aquellos varios pantalones de pinza, y hasta con la cazadora de leñador que envejeció decolorándose… Él no recordaba, así de pronto, el aspecto que tenía doña Sole en cada ocasión de aquellas. Repasó mentalmente y la fue recuperando, más dulce y sonriente al principio, con prendas aún juveniles; más recargada y provocativa después, con un brillo devastador en los ojos; finalmente, sobria y mustia, como en la actualidad. Las anotaciones venían acompañadas de los títulos de las piezas que ella siempre se hallaba tocando cuando él llegaba. Al verlas anotadas de seguido, nota tras nota debajo de cada fecha, reparó en que eran las piezas más apasionadas o intimistas del periodo romántico. Ni se había fijado en eso.
La anotación final, por supuesto, no podía contener referencia alguna sobre aquella última visita, ya que él se había apropiado del diario; expresaba en cambio la confesión de que su propietaria lo había dejado bajo la tapa del piano a propósito, como punto final a una pasión que empezó como agradecimiento hacia él por ser la única persona de la que tenía ayuda y estímulo para seguir interpretando la adorada música, sin que él lo supiera; por su oído y su técnica unidos al afinar y por la delicada pericia con que trataba su querido instrumento, con preciado esmero de amante entregado y conocedor que doña Sole fue interiorizando hasta adorarlo despierta y en sueños, del embeleso a la exaltada ilusión, sin importarle delatarse esperándolo ante el teclado con aquellas notas de amor tan arriesgadamente reveladoras para quien supiera escuchar. Y así año tras año, hasta acabar en esta larga y desengañada tristeza que acabó volviéndola insensible, dispuesta ella a no tocar el piano nunca más después de la Fantasía de Schumann opus 12 con que lo aguardó por última vez aquella mañana.
Las circunstancias no permitían excusa profesional para visitar a doña Sole. Tendría que volver a aquella casa poniendo sobre la mesa todas las cartas de su sorpresa y su interés recién nacido por ella. No era posible que acabara así la historia con la mujer cuya atención por él había sobrevivido al bigote, a la coleta, a los pantalones de pinza o a la cazadora de leñador que envejeció decolorándose sin que a nadie –ni siquiera a él mismo- le hubiera importado un pimiento.
Era uno de tantos sueños olvidados, meros anhelos de la infancia recordados más tarde con tierna indulgencia: ser fakir, lo imposible. Y heme aquí ahora, sin embargo, recibiendo con serenidad cada punción aguda del metal hundido en no sé cuántos puntos de mi cuerpo. Imperturbable, me relajo en la postura acostumbrada, controlo la respiración y logro el anonadamiento mental que a otros tanto cuesta. Diría, incluso, que logro abolir el dolor totalmente si no fuera por los cuarenta euros al final de estas sesiones de acupuntura.
Texto aportado al número 30 de la revista de arte y literatura Al-Harafish. Foto fondosypantallas.es
“Tendrán que ir solas las dos, pisando las piedras lisas hasta el mar. Esas piedras brillarán bajo la Luna sirviéndoles de linterna pero ya saben lo resbaladizas que son. Tengan cuidado y protéjanse la una a la otra. La que de ustedes dos sea la mujer del enfermo, llevará el objeto maldito bien aferrado entre las dos manos. El objeto que digo lo encontrará la esposa ahora al volver a su casa, detrás de un armario antiguo junto a la cama del dolor. Allí ha estado todo este tiempo, cerca del hombre que se retuerce y grita consumido por un terror que lo enloquece; ustedes podrán comprobarlo. Es una maceta insignificante llena de tierra donde alguien hundió un amasijo de pelos y de cardos envueltos en un pañuelo blanco. Ese ha sido el instrumento del maleficio.
“Cuando lleguen hasta el mar esa noche, lanzarán con fuerza desde la orilla ese tiesto. En ese momento se alzará una de las olas, que se hará inmensa levantándose por encima de las otras, y las cubrirá a las dos como si fuera a tragárselas. Entonces no deberán tener miedo, no les pasará nada, pero verán la playa de rocas lisas blanquearse bajo la ola, sin brillo ninguno, como si una sombra blanca recorriera la tierra. Abrácense fuerte la una a la otra y tal como vino la ola se irá, y con ella la sombra albina; volverá la oscuridad a desparramarse por el suelo y lo mismo los brillos de las piedras lisas sobre las que tendrán que desandar el camino. Hecho esto, el hombre se curará.”
Y al volver a su casa, después de oír las dos a la adivina, tu tía comprobó que era cierto que había debajo de la cama aquel objeto repugnante. Lo retiró y lo escondió para cogerlo más tarde, cuando yo pasara a buscarla para hacer lo que la mujer nos dijo. Juntas nos fuimos hasta la playa de roca viva y resplandeciente, guardando el equilibrio descalzas sobre la superficie resbaladiza de las piedras. Yo sostenía a tu tía porque ella caminaba con aquel amasijo asqueroso entre las manos. Cuando lanzamos, mejor dicho, cuando ella lanzó al mar aquella cosa, con toda la fuerza que le daban la rabia y el miedo, no se alzó ninguna ola en bastantes segundos, no vimos nada raro pero sí oímos la risa más espeluznante y grosera que he oído en mi vida, una risa de mujer enloquecida o sádica, y esa sí que recorría toda la extensión de la playa rocosa. Tu tía y yo nos abrazamos instintivamente hasta que la carcajada horrible se fue apagando. Cuando nos miramos nos vimos lívidas, de una blancura irreal. Éramos las verdaderas sombras blancas de la noche.
Tu tío se curó. Jamás hablamos de esto con nadie, nunca, ni entre nosotras. Te lo cuento a ti cuando ya todos los de entonces se han ido de este mundo, para que alguien al menos oiga lo que en verdad ocurrió y tú sepas que existen sombras albinas.
La factoría de Francisco Arana es una fábrica inagotable de decorados, balcones, cometas, trajes y otros tantos tipos de objetos concebidos con el color exuberante de los sueños. Cada año este taller se materializa en carpas donde los niños aprenden a hacer paracaídas, girabotellas y cometas.

En un lugar llamado Jardines de los Puertos del Atlántico, a pocos pasos del Auditorio que lleva el nombre del tenor Alfredo Kraus, y a muchos menos pasos de la Playa de las Canteras, este año también el cielo playero acogió las elegantes cometas, los inquietos rabos giradores y otros entes voladores de la fantasía multiplicada en niños que la técnica aprendida permitió alzar apenas realizados.
Este año la cita se ha reducido a este día domingo julio, cuando habitualmente se lleva a cabo en dos, porque la crisis también golpea estas inicitavas. De un día a otro, la expectación se multiplica y se dispone de más tiempo que escoger para aprovechar los talleres. De todos modos, frente a la carestía, se han impuesto la generosidad de la luz y la abundancia del color, la alegría y el aprendizaje.
Fco Arana en la imagen
Texto aportado para las jornadas Escritos a Padrón (Gáldar-Gran Canaria, julio 2009) en reconocimiento al pintor expresionista canario Antonio Padrón.
La tienda. Antonio Padrón
Como cada tarde, aparece el abejón de culo blanco, grande como una almendra. Pasea el cuerpo negro volando lentamente sobre los sacos arremangados de azúcar, de garbanzos o judías. Sobrevuela el estante del pan y se posa en una pinza.
Los pocos hombres que hay en una esquina de la barra lo miran y me miran con paciencia. “Señora, que ese bicho se acerca mucho a la mercancía. Le va a espantar a la clientela”. Pero no hay clientela y ellos lo saben, lo ven. El abejón alza el vuelo y acerca su culo blanco a los surtidores arrinconados de aceite y vinagre a granel, que se retiraron del mostrador porque ese género se vende ahora en botellas. Aún permanece la vieja báscula con el juego de pesas que ha quedado antiguo, pero aún sirve. La nueva tienda, la que abrieron tiene báscula con números de luz que dan el peso exacto. Máquinas para las golosinas y para el tabaco. A comprar allí han marchado todos los que me debían, en realidad todas las clientas que dejaron de pagar la cuenta sin recibos, ni firmas ni nada.
Los hombres beben, beben y hablan como hace mucho tiempo. Alguno pretende animarme con recuerdos. “Pero si esta tienda llego a ser el bar”, me dice a mí, “la mercería y hasta casi la farmacia.” Y tiene razón, pero vaya un consuelo. Aquí se vendían botones, elásticos, toda clase de hierbas para la salud que la gente ha olvidado o busca en otros sitios. Otros, más discretos, más agoreros, comentan en voz baja creyendo que no les oigo que esto es el final, que se ve. “Es que el mundo no es lo que era”, comentan “no se puede llevar un negocio como se llevaba cuando todos los vecinos se conocían de vivir desde siempre en el mismo lugar, y valía la palabra dada. Fíjese cuánta urbanización han hecho, cuánta gente nueva que no conocíamos de nada”.
Cuando entran los niños que cogen tunos y moras para venderme, se quedan mirando al abejón negro, negro y con su culo blanco. Saben que a veces ya no les puedo pagar lo que me traen y aceptan golosinas. Se van de nuevo y cada vez pienso que es la última vez que los veo aparecer. Las clientas fieles también hacen el esfuerzo de aparecer aunque saben que me van faltando existencias para venderles. Y los hombres al fondo beben, como es costumbre desde hace tres generaciones, pero se les ve en las caras que van perdiendo uno de los motivos de su fidelidad: vigilar a las clientas por el rabillo del ojo, comentar entre ellos sobre sus curvas, sus piernas, sus escotes. Si era posible, las embromaban o les daban hebra que pegar siempre con respeto, eso sí, pero con intenciones. Han desaparecido las más orondas, siempre de peluquería, siempre peripuestas, las que más llegaron a deberme justificándome en reserva sus deudas y sus urgencias familiares. Después siguieron las demás.
El abejón de culo blanco ronda ahora cerca de mí, volando sobre el pescado seco con cuyas tiras de piel acompañan los hombres el licor que les sirvo, en esos vasos con líneas rojas que sigo conservando. Lo espanto sin mucha energía, sin intentar matarlo. Me hace compañía, tal vez sea la única compañía que me quede. Pienso, y me río yo sola, en la mirada de lástima y protesta que me dirigen calladamente los hombres. Y alzo la vista y veo delante de mí la cara del nuevo tendero, el del local floreciente que me plantaron delante, el que se benefició de la huida de todas las tramposas que provocaron mi decadencia. Veo que está delante de mí, mirándome, mirando al abejón, y veo que los hombres pagan y se marchan con rapidez, como si la llegada silenciosa de la competencia estuviera por ellos sabida y esperada, y la causara algo importante. Yo también lo esperaba, en el fondo. Ha prosperado su negocio, esta es una buena zona y basta con no caer en los mismos errores que yo. Ya puede ampliar, devorarme, sabiendo que por mi situación me puede hacer una oferta cómoda por el traspaso. Puedo decirle que sí ya, sin pensarlo, sabiendo que no me puedo permitir regateos. No sé que sería de mí, tal vez abrir un bazar lejos, o invertir en mi pequeño solar. No estoy segura. También puedo decirle que necesito pensarlo, que venga más tarde o mañana y yo lo consulto con el abejón. La derrota la tengo asegurada, ¿qué más da que lo haga desesperarse un poco, qué más da que me ría en sus narices?
Se llamaba Immanuel KANT. Filósofo. Se dice que en su pueblo la gente ponía los relojes en hora al verlo pasar, de tan metódico que era. Alcanzó longevidad por un estricto régimen de vida, a pesar de su constitución enfermiza. Sometió a la Razón a pruebas muy razonables por ver hasta donde ésta alcanzaba. Ideó la fórmula, aún estudiada, de un orden internacional aplicando sistemáticamente principios ilustrados a la relación entre las naciones. Dos cosas le entusiasmaban: la ley moral en su corazón y el orden del cielo estrellado sobre su cabeza.
... Pero, amante de la charla y del convite, bonachón y sabio como era, se percató de que zampar en compañía tenía también su ciencia, y así se esmeró en poner su sabiduría al servicio de tan deleitosa ocupación.
Declaró en su Antropología en Sentido Pragmático que la comida en buena compañía es el “mayor bien físico-moral”, porque une la "tendencia natural" al deleite con el "deber moral" de la convivencia amistosa. Ésta debe atenerse a lo siguiente:
a) Los asistentes no deben ser demasiados ni demasiado pocos y no debe haber música durante la comida porque ''la música durante un festín es el absurdo más falto de gusto que la glotonería haya podido inventar" (no dice nada de la sobremesa). Tampoco se debe dividir la tertulia en "sociedades particulares".
b) Su finalidad no debe ser tanto la satisfacción corporal cuanto el deleite social para el que esa satisfacción debe ser simple vehículo.
c) Una comida amistosa debe conducirse por el orden de las siguientes acciones: relatar, razonar y bromear.
Se debe comenzar por el relato de algo que sea de interés para todos. Se harán luego las reflexiones que la materia exija sin engolamiento ni pedantería; se acabará llevando la cosa al terreno de las bromas y de la diversión porque "la risa es conveniente para la buena marcha de la digestión". Y, muy importante: " Una persona, especialmente la dueña de la casa, debe mantener la conversación en marcha constante, de suerte que el banquete acabe como un concierto en medio de la alegría general y sea así tanto más saludable; como aquel banquete de Platón del que el convidado decía luego: ‘Tus comidas no agradan sólo cuando se las goza; también cuando se las recuerda’... ".
¡A que era un tipo auténtico!
El siguiente artículo se aportó como colaboración al número de la revista Al-Harafish (Las Palmas) dedicado al sexto sentido.

Puedo concebirme afectado por un entramado de sensaciones que no alcanzan la consciencia, al acecho de imponderables impulsos que me condicionan como a una bacteria, sensible al potasio o a la corriente. Debo, tal vez, considerar que estaré influido por la acometida de innumerables fotones que compiten por ser admitidos en mi cerebro y, de los cuales, la mayor parte no accede nunca a ser internamente reconocidos. No dejaré de lado el diez por ciento de impulsos sensoriales que permanecen en la base cerebral y, al parecer, no afectan nunca a los sentidos convencionales, ni alteran sus matices ni enriquecen sus gamas.
Debo por tanto considerar que, sin tener que saber cuándo ni en qué medida, soy a mi vez, para los otros, impulso neutro que les condiciona como a las bacterias la disminución del calcio; que residiré fugazmente en el sistema límbico o en la periferia cerebral de quien menos espero.
Puedo, de igual modo, reparar en que hay neuronas, recientemente descubiertas, que como meros espejos me capacitan para imitar, interiorizar las emociones ajenas o captar de un modo inmediato las intenciones que para conmigo abriguen las acometidas extrañas.
Puedo avenirme, al fin, a entenderme disuelto en un conjunto sin orden constatable, ya no como un sujeto único, poseedor de sentidos diferenciados, sino como el transmisor –irrisorio por sí solo- de un amasijo vivo, inconmensurable, donde todo siente en conjunto y en función de los lazos urdidos con lo ajeno. Como una encarnación simbólica de mi propio cerebro, en sí mismo carente de sensaciones, me puedo ver tal vez justificado apenas por la intrincada red que me anuda con lo que no soy; si acaso como un dios que lo fuera en función de sus criaturas o, más modestamente, como el marco –tal como lo ve Ortega –que separa la obra de la pared sin ser ni una ni otra y cuyo mayor mérito es no dejarse notar salvo cuando no contiene la isla estética de la pintura, a la que realza en sus límites.
Pero si pongo el acento en lo que el marco contiene y resguarda, entonces lo vería como aquello que destaca la obra aislándola del resto, sí, pero a la vez recordando, y acaso representando, todo lo que se halla fuera de ella, tal como lo observa Italo Calvino. En ese interior enmarcado, donde cabe la visión genuina y solitaria, transitan los sentidos como sabuesos a la caza de una identificación, apoyándose unos en otros, involucrando las sensaciones con los sucesos que les dan realce. Cabe aquello que, ilusorio o no, recipiente vacío o simple intuición de continuidad en una sucesión de impactos, hacemos erigir como aquello de lo que damos cuenta y con lo que finalmente contamos, otra vez único y soberbio en su inevitable empeño: el propio y solitario pensamiento. Allí cabe el recorte, la diferenciación, la selección de estímulos que componen un mundo de evidencia y sospecha conjugando lo pensado y lo presentido: la vieja perspectiva que da cuenta, tanto de los límites de la evidencia como de los chascos de la premonición en toda la borrachera de esta gran atmósfera neurovegetativa. Y la madeja será de otra índole: historias que convergen y se confunden, guiones que se completan en la urdimbre pasional de quien contempla o lee, visiones del mundo ceñidas entrañablemente a situaciones que duran lo que la lectura de unas páginas o la contemplación de un cuadro, sin pretensión de esclarecimiento universal.
Exiguo, provisional, puesto constantemente entre paréntesis, puedo concebirme dentro del marco, en toda la amplia y confusa gama de impresiones de las que soy o no consciente, como una tenaz identidad, invocando temerariamente ese algo hipotético, tozudo, destronado y siempre restaurado "Yo", yo y el lenguaje.
Tsan Yan Yatso (o Giatsu), Dalai Lama de época remota, fue sujeto enamoradizo, burlón y poeta. Por supuesto, lo echaron. Sus paisanos del Tibet, sin embargo, lo añoraron, y por mucho tiempo creyeron verlo reaparecer en distintos lugares y circunstancias.
De aquel antiguo Dalai Lama se conserva un maravilloso poema que recoge la estudiosa Alejandra David-Neel en Iniciaciones e iniciados en el Tibet, Ed. Pléiade, Buenos Aires; de esos versos tomé prestadas hace años algunas imágenes para componer lo que sigue:
Para algunos soy un asno
porque devoro el durazno
de la cáscara a la pulpa,
aunque en su sabor no hay culpa.
Niña, di ¿por qué molesta
que me hagas sitio en tu siesta?
Hasta pájaro en su rama
canta nuestra mala fama
y todo, porque soy el Dalai Lama.
Ese cuerpo perfumado
era el huésped delicado
del jardín, en la hora bruna,
y al resplandor de la luna
yo olvidaba las andanzas,
credos, libros y enseñanzas.
No se extingue lo que se ama
y sobrevive su llama
por mucho que yo sea el Dalai Lama.
La aurora al llegar se extraña
de ver tu aura en la montaña.
Y, si fuera tan piadoso
como enamorado ansioso,
en esta noche sin duda
yo sería el mismo Buda,
pues mi sentimiento brama,
mi pasión se desparrama
y levito porque soy el Dalai Lama.
(De Cantable, 1996)
Su contestador me dijo "diga",
y declaró un "No sabe o no contesta:
ella puede estar de fiesta
o en casa de alguna amiga".
Esbirro suplantador,
no estoy buscando a las Musas en la Fuente de Castalia,
sólo quiero oír la risa con que se ríe NATALIA.
Su contestador mintió, insolente:
«Marque mejor el número al que llama,
que aquí no vive esa dama
y despierta usté a la gente».
Artefacto embaucador,
no mientas, que estoy sintiendo el plis-plas de sus sandalias,
llevo dentro la cadencia de las piernas de NATALIA.
Su contestador, del que sospecho
fue programado para algún asalto,
me gritó: "¡Brazos en alto!"
y me leyó mis derechos.
Centinela encubridor,
aún más descabellado que irse a conquistar la Galia
es pretender que permitas una cita con NATALIA
Su contestador, flor sensitiva,
testigo de mi confesión intensa,
lo filtró todo a la prensa
y cobró por la exclusiva.
Artilugio delator,
el doctor me ha recetado un remedio a la dislalia:
decir las cosas sabrosas al oido de NATALIA.
(De Cantable, 1996)